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Pacheta y un Real Valladolid perfecto

El fútbol es un deporte donde juegan, donde once deportistas se baten en duelo frente a los otros onces para tratar de ser mejores, para imponerse por encima, para marcar más goles, para sumar puntos o para pasar eliminatorias. El fútbol es un deporte apasionante, cargado de pasión y de magia, de los trucos con los que estos futbolistas encandilan a los aficionados, un arte al alcance de unos pocos, un arte donde a lo largo de noventa minutos no hay nada escrito. Un espacio de tiempo donde todo puede ocurrir.

Sin embargo, hay una figura que se levanta por encima de todas las demás, hay una figura que trabajaba incesablemente, que se aparta de los focos en la victoria y que asuma la culpa de las derrotas. Maquina mientras los otros duermen, sueña mientras descansa, tiene en la mente solo un objetivo, o mejor dicho, una obsesión: sacar de su equipo el máximo potencial posible.

Uno de ellos es José Rojo Martín, más conocido en el mundo del fútbol como Pacheta. Un entrenador peculiar, un técnico diferente al resto, uno de esos artistas que no dejan ni un cabo suelto. Es un escritor, capaz de imaginar en su cabeza la trama más enrevesada posible, manejando a una serie de personajes a su antojo, que bailan a su son, dibujando mil escenarios posibles. Quien no conozca su fútbol cierra los ojos a una religión inexplorable, la religión del esfuerzo, la de la fe y la del ‘todo puede pasar’.

Un entrenador respetado en el vestuario

Porque lo que está haciendo Pacheta con este Valladolid es digno de elogiar, porque no hay equipo en LaLiga que convenza más, porque no hay club donde, sin llegar las victorias en algunas ocasiones, los aficionados estén tan contentos. Saben que hay un rumbo, que el capitán ha cogido el timón, y que llegar sanos y salvos al fin del trayecto es más que probable, de hecho, es algo que casi se da por hecho.

Pacheta ha creado un Valladolid casi perfecto, un engranaje perfecto donde cada uno tiene su sitio. Ha sumado diecisiete puntos, está a cinco ya del descenso y ha creado una barrera psicológica casi infranqueable. Porque su Valladolid no necesita ser mejor que el rival, le basta con creérselo. Y el suyo se lo cree. Ha podido tener partidos donde ha merecido más y no se lo ha llevado, donde ha desplegado una gran ofensiva y se ha ido sin premio, o donde el rival le ha propinado una gran lección, pero aún así todos sus jugadores siguen anclados en su plan.

Hablar de Pacheta es hablar de salvación y libertad. Es morir por unos ideales, unas creencias que han llevado a un grupo de recién ascendidos a pasearse por LaLiga, con la intensidad del que sabe que tiene un objetivo, con el propósito del que espera algo todavía más grande. Lo que deparará el destino a final de temporada no lo sabe nadie, pero hay pocas dudas visto lo visto de lo que puede conseguir un entrenador como él, de la forma que le ha dado a un club casi centenario como este, y del futuro que le espera a sus adeptos, a todos aquellos devotos presas del Pachetismo.

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